Recordar las buenas comidas no te llena el estómago

(Mateo 4: 4; 1 Pedro 2:2)

El que no come, se muere, así de sencillo. El ser humano fue diseñado para tomar alimento cada día, por lo menos tres veces por jornada: desayuno, almuerzo y cena.

Cuando el cuerpo humano prescinde de los nutrientes que le son necesarios para funcionar hace lo mismo que un motor que se queda sin combustible, se para, no anda.

Y Dios, el ingeniero que diseño los sistemas orgánico y espiritual del ser humano, así como creó los diferentes alimentos para el sustento del cuerpo, creó también el único alimento para el mantenimiento y desarrollo del espíritu: su Palabra escrita, la Biblia.

¿Y la Biblia se come? Sí, se toma, se mastica muy bien y se traga. La Biblia no fue hecha para la información del ser humano, sino para la transformación del ser humano.

Es por eso que nuestro contacto con ella no debe ser como si leyéramos el periódico del día, sino como si escucháramos la voz de Dios de manera personal e íntima.

Por supuesto que vamos a encontrar muchos pasajes difíciles de interpretar y entender, y otros poco interesantes como las listas de genealogías, pero siguiendo un plan de estudio sencillo podremos derivar de ella enseñanzas de gran valor para nuestro crecimiento.

Fue el mismo Jesucristo quien le dijo al diablo que no sólo de pan viviría el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Y lo que estaba enseñando es que el ser humano no sólo requiere de alimento físico, sino también de alimento espiritual, y ese alimento es el que sale de la boca de Dios, su Palabra, la Biblia.

El apóstol Pedro, por su lado, hablando de la importancia de comer la Biblia en un sentido espiritual, dijo en su primera epístola en el capítulo 2 versículo dos:

“Deseen como si fueran niños recién nacidos que buscan el seno materno, la leche espiritual que no esté adulterada, la cual es el estudio de la Biblia. Al consumir esa Palabra que sale de la boca de Dios,  pueden crecer en la salvación que Él ya les regaló, por Gracia, cuando creyeron en su Hijo Jesucristo”.

Y de la misma manera que nadie se llena el estómago recordando las buenas comidas que ha ingerido en el pasado, ni siquiera en el día anterior, así también nadie puede nutrir su espíritu recordando las cosas lindas que enseñó el predicador el domingo anterior.

Permite que cada día Dios te pueda hablar a través del Espíritu Santo usando su recurso preferido: su Palabra.

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El perro bilingüe de doña Rosa

(Santiago 1:19)

Doña Rosa le decía su vecina: “¡Ah no, no, no! Ese perro mío es una maravilla, yo le hablo en español y entiende, y mi hija le habla en inglés y entiende.

Por ejemplo, si le decimos que vayamos al parque, va y se para frente a la puerta. Si le decimos que venga a comer, va y se para frente a su vasija.

Y si le decimos que lo vamos a bañar, corre y se mete debajo de la cama. Ese animalito es un genio”.

Lo que no sabe doña Rosa es que su can no entiende ni español ni inglés en cuanto al contenido semántico de las palabras, él no diferencia los verbos pasear, comer y bañar.

Pero lo que sí hace muy bien su perrito es asociar los sonidos que escucha con las actividades que le preceden o le suceden. Y aparte de ello, diferenciar el “cómo se le dicen” esas palabras.

Vale la pena hacer este experimento: acércate cariñosamente al animal, acarícialo y dile con voz mimosa que él es un perro feo, tonto, que no vale nada, que sería bueno que se perdiera en la calle y que no volviera a casa.

Notarás que el animal te moverá la cola feliz, se tirará al piso y te pondrá la panza para arriba para que lo sigas acariciando.

Otro día, acércate a él de manera amenazante, háblale fuerte, golpeado, y dile que lo amas, que él es el can más hermoso que existe en la ciudad y que es muy inteligente y muy valioso para ti.

¿Qué crees que pasará? El pobre animal meterá la cola entre la patas, se agachará, bajará la cabeza y hasta se orinará del susto.

¿Y a qué se deberán estas reacciones en el perro? Se deberán no a las palabras que les dijiste, sino a la manera como se las dijiste.

Es lo mismo que nos acontece a los seres humanos cuando nos hablan de buena o de mala manera.

Por ejemplo, si se nos habla de forma agresiva, lo que más nos hiere no son las palabras en su valor semántico, sino la forma en que se nos lanzan.

También nos lastiman los gestos y la expresión corporal que acompañan a dichas palabras, por lo cual quedamos con la sensación de haber sido agredidos, ofendidos y dejados con heridas sangrantes.

Pero no siempre somos las víctimas, en otras ocasiones jugamos el rol de victimarios, incurriendo en el error de maltratar verbalmente a las personas que nos rodean.

Es por ello que no sólo debemos tener cuidado con lo que decimos, sino también con la manera en como lo decimos.

Y hay que vigilar de igual forma los gestos y la expresión corporal que acompañan nuestras palabras, pues comunicamos mucho más con la expresión no verbal que con la verbal.

Ya basta de la violencia en la comunicación, seamos prudentes y delicados. ¡Sembremos amor!

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Negarse a aprender es peor que la ignorancia.

(Santiago 1:5).

-         ¿Maestro, cómo puedo ser un sabio de verdad, pues me considero muy burro?

-         Pues aunque no lo creas, al decir que te consideras un burro ya eres un candidato para ser sabio. Sí, no saber algo no es tan malo como parece, pues es el primer paso para aprender algo nuevo.

El problema es cuando no sé que no sé, es decir, cuando no soy consciente de que me hace falta ese conocimiento.

Cosa diferente le sucedía al filósofo griego Sócrates, quien decía “sólo sé que nada sé”, es decir, que entre más aprendía, más se daba cuenta de lo ignorante que era y de todo lo que le faltaba por aprender.

Si realmente quieres aprender en la vida y crecer en sabiduría el primer paso es admitir que no sabes algo, y eso no debe ser complicado, sino sencillo.

Por ejemplo, tú debes ser consciente de que no sabes manejar un avión, o reparar su motor.

Así es que, si ya te diste cuenta de que no sabes millones de cosas en la vida, pues empezaste bien, porque cuando una persona no reflexiona en lo burra que es, burra seguirá siendo toda la vida. Saber que no sabes algo, es ya un gran avance.

-         Sí, ya sé que soy un ignorante, pero, ¿cómo hago para ser un sabio?

-         Tener la humildad del sabio y la actitud del sabio. Verás, una persona orgullosa jamás puede aprender, porque le molesta admitir su ignorancia, se avergüenza de ella, en cambio el sabio tiene la mente curiosa de un niño, no le da pena admitir su ignorancia y pregunta, investiga, se informa.

¿No te has fijado en todo el tiempo que una persona perdida se demora en encontrar una dirección simplemente porque le molesta admitir que no sabe cómo llegar y le da rabia tener que preguntar?

Entonces, en primer lugar, hay que vencer el orgullo y ser humildes si queremos ser sabios.

En segundo lugar, debes tener la actitud del sabio, y esta es la capacidad de hacerte preguntas, de ser curioso, de querer saber el por qué de algo.

Si a ti no te importa el por qué los objetos caen, jamás aprenderás qué es la ley de la gravedad.

Eres sabio no cuando acumulas cierta cantidad de información, sino cuando tienes hambre de aprender y comes sin llegar a saciarte.

Dios te dice que si quieres sabiduría se la pidas, que es gratis y abundante. Porque negarse a aprender es peor que la ignorancia.

¿Quieres ser sabio? Selo.

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Atento a las cláusulas del contrato

(1 Pedro 4:12-13; Salmos 34:19).

Una de las recomendaciones que las ligas de consumidores en todo el mundo le hacen al público es que por favor lean bien las etiquetas de los productos que van a comprar y que lean y vuelvan a leer los contratos que van a firmar.

Sobre todo en materia contractual hay que prestarle mucha atención a la letra pequeña y a las cláusulas, que casi siempre están al final del documento, ya que de esa manera se evitarán malos entendidos y se sabrá bien a qué atenerse en el evento de presentar reclamos.

En resumen, el consejo es que mire bien qué compra y fíjese bien en qué firma.

En la vida espiritual sucede algo similar, pues algunos cristianos cuando tienen que lidiar con asuntos difíciles parecieran más sorprendidos que avisados, motivo por el cual el apóstol Pedro les dice a sus discípulos:

“Oigan muchachos, no pongan cara de sorpresa por el fuego de prueba que les ha sobrevenido, es mejor que se vayan acostumbrando y pongan cara de alegría, porque así demostramos que también somos participantes de los sufrimientos de Cristo y también nos gozaremos en sus manifestaciones”.

Por eso damas y caballeros fíjense bien en las cláusulas del seguro de protección que Dios les ha dado a ustedes, por ser sus hijos, y el cual es completamente gratis. Esta póliza tiene los siguientes ítems:

  1. No nos hacemos responsables por los líos que se le van a armar tratando de llevar una vida justa, aunque sí le prometemos sacarle victorioso de cada uno de ellos.
  2. Las aflicciones que tendrá no son pocas, sino muchas y diversas, algunas veces llegarán de una en una, pero otras, cobardemente, atacarán en manada. No se afane, Dios no le dejará llevar un peso más grande del que pueda soportar y además le auxiliará.
  3. Nuestras líneas de atención al cliente funcionan las 24 horas diarias y contamos con una red mundial de ángeles dispuestos a prestarle un servicio de emergencia a cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia. Usted sólo use la línea gratuita llamada oración y recuerde identificarse con el código Jeremías 33:3.
  4. Usted podrá andar en su casa hasta en ropa interior si lo desea, pero cuando vaya a la calle, a la guerra, por favor póngase la armadura espiritual que se le ha asignado y que se le ha fabricado a su justa medida. Reclámela sin costo alguno en Efesios 6:11-17.

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Ciegos pobres, pero no pobres ciegos.

(Mateo 20:29-34).

En cierta ocasión Jesús el Mesías iba pasando por la ciudad de Jericó cuando los gritos de dos mendigos, ciegos, lo obligaron a detenerse y a preguntarles qué querían, recibiendo como respuesta que deseaban ser sanados de sus vistas.

Jesús entonces, sintiendo compasión de ellos, les hizo el milagro de abrirles los ojos. Mateo y Marcos relatando este hecho dicen que Jesús salía de Jericó junto con sus discípulos y una gran multitud.

Lucas por su parte anota que Jesús no salía sino que entraba en la ciudad de Jericó. Pareciera haber entonces entre ellos una aparente contradicción, pero no hay tal, puesto que todo depende desde qué lugar estás viendo a Jesús.

Mateo y Marcos están mirando al maestro desde la parte judía de Jericó, que es la más antigua y la más pobre.

Y Lucas está observándolo desde la parte gentil, a unos mil 600 metros de distancia de la primera, y donde vivía gente como Zaqueo, el publicano adinerado de baja estatura.

Mateo y Marcos lo ven saliendo del barrio pobre para ir a la parte rica. Lucas lo ve llegando a la parte rica proveniente del barrio pobre.

Y dos ciegos mendigos, en la frontera, en el límite de sus vidas, no lo ven, ni yendo ni viniendo, sólo oyen de él, porque la gente está hablando de él.

De manera que en pleno tumulto, sin saber por dónde va, cómo va o con quién va, sólo les queda una alternativa: gritar a voz en cuello, porque son ciegos, no mudos.

Y los gritos fueron constantes, aturdidores, destacándose por encima del murmullo general.

Y fue tal la potencia que los transeúntes les pidieron que se calmaran, que no parecían ciegos, sino locos.

Pero lograron su objetivo, hacer que el Señor se detuviera y les dirigiera la palabra.

Ellos no lo vieron, pero escucharon su voz, y le prestaron atención a su pregunta, pues de inmediato contestaron: “Queremos ser sanados de la vista”.

No pidieron dinero para ir donde el médico, tampoco una carta de recomendación para el instituto de ciegos y sordos de Jericó, no, fueron al grano, al punto focal del problema: la ceguera.

Y el milagro no se hizo esperar. ¿Acaso te sientes ciego y mendigo en un punto límite de tu vida?

Deja que el maestro escuche tu voz, pero que sea una voz constante, perseverante, inteligente, a prueba de ruidos y sin distracciones.

Que la multitud diga lo que quiera, tú, espera hasta que Él te conteste.

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Deja de mojarte los pies en la orilla y zambúllete

(Hebreos 6:3-6).

Hay personas que van a bañarse a la playa y lo único que hacen es mojarse los pies en la orilla, les da temor adentrarse un poco más y darse una buena zambullida.

Y lo más cómico es que después regresan a contarles a otros cómo fue la experiencia de nadar en el mar.

Algo similar sucede con algunas personas que dicen haber tenido la experiencia de salvación con Jesucristo, pero la verdad sea dicha, simplemente fueron visitantes asiduos durante un tiempo a alguna reunión cristiana.

Y también aprendieron la cultura religiosa y la liturgia y hasta llegaron a ocupar algún cargo en la iglesia, pues ciertos cambios en su vida hicieron pensar que habían nacido de nuevo, cuando en realidad sólo su psiquis fue afectada, mas no su espíritu, pues jamás nacieron de nuevo.

Es por ello que de los tales dice el apóstol Juan: “salieron de nosotros porque no eran de nosotros.”

De manera que a nadie se le pude ocurrir pensar que dichas personas perdieron la salvación, porque en realidad nunca la aceptaron.

El escritor de la epístola a los Hebreos en la Biblia les dice a sus lectores judíos que algunos israelitas han sido muy tercos, pues aunque fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y gustaron de la buena palabra de Dios, y de los poderes del siglo venidero, aún así, no se hicieron cristianos.

Tales hebreos nunca experimentaron el nuevo nacimiento espiritual y nunca recibieron la salvación de sus almas, la cual se recibe por la fe y no por las obras de la ley.

Lo que más bien aconteció con dichos judíos a los que se les predicó de Jesús como el Mesías, es que sólo se acercaron a las puertas de la fe cristiana, probaron una pizca, y luego se echaron para atrás.

Ellos no tuvieron una experiencia genuina de conversión, sólo fueron unos simpatizantes que luego recayeron, volvieron a su antiguo estilo de vida y dejaron al Mesías que era la única opción de salvación.

Es una lástima, porque esos hebreos fueron iluminados por Dios, aunque jamás llegaron a ser luz como los cristianos. Y eso es lo que significa la palabra griega “Photizo”, de donde viene fotografía, y se refiere a recibir una luz que viene de fuera, pero nunca a ser luz por sí mismos. Si ellos de verdad se hubieran convertido a Jesús serían luces por sí mismos en lugar de ser iluminados, ya que como cristianos tendrían a Dios en su interior como la fuente de dicha luz.

También dice el texto bíblico que esos judíos a los que se les predicó de Jesús el Mesías fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, como lo señala el vocablo “Metójous”, que se refiere a estar con alguien sin llegar a tener comunión íntima. Y eso es diferente a lo que sucede con un cristiano, que no es partícipe del Espíritu Santo, sino que tiene una relación íntima con Él, se hace consustancial con el Padre.

Es como viajar al lado de una persona de una ciudad a otra, se puede ser partícipe con ella del viaje, se puede hasta compartir la misma silla, pero no se es un sólo cuerpo con ella, no se es consustancial con ella.

Y para rematar, el escritor de la epístola a los hebreos dice que dichos judíos a los que se les predicó de Cristo aún llegaron a gustar del don celestial, aunque no lo tragaron, sólo lo probaron, saborearon una pizca de él, tal y como lo señala la palabra griega “Geusámenos”, que significa probar, saborear sin llegar a tragar.

Si esos judíos en lugar de haber probado una pizca del don celestial lo hubieran tragado, se hubieran llenado de él, tal y como se llenan los cristianos con el Espíritu Santo, entonces hubiesen nacido de nuevo y hubiesen recibido la salvación.

¡Es una pena que estos hebreos no se hayan convertido a Jesús el Mesías! ¡Y es una pena que hoy también muchas personas no se zambullan en Jesús el Mesías, sino que sólo se mojen los pies en la orilla!

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¿Lleno de sentimiento religioso o del Espíritu?

(Mateo 16:17; Gálatas 5:16-26).

¿No resulta una ironía el que a Dios no lo hayan crucificado ni los ateos, ni los maleantes, ni los peores pecadores de su época, sino sus “santos ministros” que ocupaban altos cargos eclesiásticos y que gozaban de un gran prestigio como sabios, doctores en teología, maestros, escritores, conferencistas, consejeros y predicadores?

Sí, es una gran ironía. ¿Qué curioso verdad? ¿Y por qué los “santos hombres de Dios” le tomaron tanto odio a Jesús al punto de pedirle al gobernador romano que lo crucificara?

¿Qué les hizo Dios para que ellos llegaran al extremo de preferir el liberar al asesino Barrabás y en su lugar matarlo a él?

Nos ayudará a entender esa contradicción el diferenciar dos conceptos: llenarse de sentimiento religioso y llenarse del Espíritu Santo.

La persona llena de religión es aquella que está convencida de que el serle fiel a su institución eclesiástica, el ser constante en sus prácticas litúrgicas, el ser celosa de sus tradiciones y el cumplir fielmente con los mandamientos que le imponen, le hace merecedora del amor divino.

Esta persona no goza del amor que Dios le ofrece inmerecidamente, sino que trata con desespero de ganárselo.

No tiene una comunión directa con el creador y de doble vía, sino que hace meramente un ejercicio psíquico al orar consigo misma.

Por el contrario, la persona espiritual, es aquella que muere a sí misma, que se arrepiente de haber ofendido a Dios, que se vacía de su religión y decide recibir de gracia el amor, el perdón, la aceptación, la adopción de hija y la llenura del Espíritu Santo.

Es la que puede decir como el apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, en la persona del Espíritu Santo, el cual me controla completamente”.

Y eso es muy diferente a lo que dice un religioso: “aquí vivo y mando yo, buscando a Dios a mi manera y haciendo los méritos para que Él me ame y acepte”.

Mientras que la persona religiosa se enceguece y es capaz de matar por su fanatismo, la persona espiritual tiene bien abiertos sus ojos y es capaz de dar la vida por sus convicciones.

Las autoridades eclesiásticas judías de la época de Jesús estaban tan llenas de la religión con la cual buscaban a Dios, que cuando el mismísimo Dios vino y se les paró enfrente, no lo reconocieron.

Pero si se hubieran vaciado de su religiosidad y hubieran permitido que el Espíritu Santo los llenara, ese mismo Espíritu Santo les hubiese revelado quién era Jesús y  les hubiese hecho caer de rodillas delante de Él diciendo como Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios”.

Y el motivo por el cual le tomaron tanto odio a Jesús no fue sólo porque contradecía sus creencias y tradiciones, sino porque Jesús, quien conocía sus corazones, los desnudaba moralmente y los avergonzaba al confrontarlos con sus verdaderas motivaciones egoístas.

Jesús les hacía ver que servían a Dios no por el amor a Dios, sino por el amor a ellos mismos, a la institución religiosa, a los cargos que ocupaban, al prestigio del que gozaban y a la remuneración que obtenían.

Imagínate lo que sucedería si Jesús se le apareciera a un prominente líder cristiano de nuestros días y le dijera:

Tú no me amas a mí más que a tu religión, ni más que a tu cargo eclesiástico, ni más que a tu ministerio, ni más que a tu popularidad en radio y televisión, ni más que a tu salario, ni más que a tus libros y conferencias. Yo no soy el primero en tu vida. Tú no estás lleno de mí, estás lleno de ti”.

¿Y qué pasaría si lo mismo se lo dijera a todos los líderes cristianos de nuestra época?

Podrían pasar dos cosas:

O lo odiaríamos y le pediríamos al gobierno que nos lo quitara de encima por ser alguien fastidioso.

O caeríamos de rodillas arrepentidos y dispuestos a vaciarnos de religión y a llenarnos de su Espíritu Santo.

¡Quiera Dios concedernos a todos un corazón humilde que sepa escoger la segunda opción!

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¡Ay! penita, pena, cuánto te quiero

(Hebreos 12:15).

Doña Dolores, doña Angustias y doña Soledad son las tres damas del barrio que siempre se juntan en la tardes para tomar el té y para hablar de sus congojas, de sus lamentos y tristezas.

Ellas son expertas en atesorar malos recuerdos, es más, los buscan y los coleccionan diligentemente como quien guarda una joya de familia.

Y justamente para ellas,  y para personas afines, el fragmento de esta canción:

“Estas tres vecinas parecieran al cielo rogar

que algo malo les haya de pasar,

para así en las tardes reunidas entre amigas, 

otra desgracia tener que contar.

Dolores, Angustias y Soledad,

urracas parlanchinas del mal,

nunca una historia amable han de citar,

aunque la fortuna un beso les venga a dar”.

Y así como estas tres damas son expertas en quejas y lamentos así hay seres humanos que siempre tienen algo triste para hablar, son los reyes de la melancolía, personas a las que siempre les gusta estar despertando lástima.

Ellas están aguardando pacientemente que alguien las ofenda o las lastime.  Y tan pronto reciben la ofensa, entonces, como si fuera una valiosa joya, la guardan en un estuche de terciopelo para estarla mostrando a todo el mundo y quejándose de las injusticias de esta vida.

Tantas veces han contado las mismas tristes historias que ya se las saben de memoria, pueden recitarlas cientos de veces con los mismos pelos y señales, con fechas, nombres y lugares.

Llevan inventarios detallados de cada uno de los vejámenes que han sufrido y sólo esperan que alguien nuevo al menos les preste oído por un minuto, para soltarles en automático el mismo cargamento de lamentos que tienen a la mano.

No importa que sugieras otros temas de conversación, de alguna manera se las ingenian para caer en los suyos y recitarte sus libretos de congojas.

Estas personas no quieren saber nada del perdón, para ellas el perdonar y olvidar sería un desastre, pues les arruinaría el próspero negocio de producir lástima en los demás.

Esta clase de gentes le huyen al éxito, a la dicha, al amor, a la salud y a la prosperidad, pues se han convertido en profesionales del sufrimiento.

Y si no sufren realmente, pues se inventan los motivos, ya que hacen de cualquier tontería, un drama.

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Las malas actitudes dañan las buenas obras

(1 Corintios 13:1-3).

¿Alguna vez has vivido la experiencia de comprar en algún lugar donde el vendedor pareciera odiar su trabajo, odiarte a ti y odiar tener que atenderte?

¿O has ido a un restaurante donde el camarero es tan malgeniado que has preferido comer simple y usar tu pañuelo antes que llamarlo para pedirle un salero y una servilleta?

¿O puedes recordar a esos profesores que en lugar de motivar y ayudar a sus alumnos a aprender y  superarse parecían disfrutar hasta con una risita macabra de hacerles perder la materia?

¿O alguna vez te ha tocado un médico regañón que en lugar de mostrar interés por tu salud pareciera ser un papá neurótico que se ha enojado porque estás enfermo y te va a castigar?

Todas estas personas aunque sepan hacer su trabajo y cumplan con sus deberes están dañando sus buenas obras y dejando una pésima imagen en la gente que atienden, sencillamente porque tienen una mala actitud.

Y lo mismo pasa en la vida espiritual del cristiano, podemos obedecer a Dios, pero hacerlo por los motivos incorrectos y por ende con una actitud incorrecta.

El resultado de ese mal proceder es que las buenas obras que hicimos no cuentan a nuestro favor y la situación se torna peor de lo que resultaría por no haberlas hecho.

Es por lo anterior que el apóstol Pablo expresaba en su primera carta a los corintios en el capítulo 13 que si él fuera el “Supermán” espiritual que habla en lenguas humanas y angélicas, que profetiza, que entiende todos los misterios y toda la ciencia y que por ello escribe libros maravillosos y da conferencias espectaculares, pero no tiene amor, de nada le vale.

Y que si además tuviera tanta fe que fuera capaz de mover la Cordillera de los Andes y echarla al mar delante de las cámaras de CNN y vender todas sus posesiones y enviarles el dinero a los niños pobres de África, pero no tiene amor, de nada le vale.

Y que si encima de todo ello fuere capaz de entregar su cuerpo para que lo quemaran vivo, tal y como hacía Nerón con los cristianos donde hoy está la catedral de San Pedro, pero no tiene amor, de nada le vale.

¿Y por qué razón? Porque una mala actitud echó a perder todo su lindo trabajo.

Es que desde el simple cristiano que limpia baños, hasta el pastor que dirige un ministerio de millones de dólares y de miles de ovejas, deben ponerse la mano en el corazón y meditar en la actitud con la que están trabajando, porque si no están destilando amor en lo que hacen, deben corregir de inmediato.

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Ser discípulo y hacer discípulos

(Juan 8:31).

J. Oswald Sanders en su libro titulado “Discipulado espiritual” dice que la palabra discípulo aparece 269 veces en el Nuevo Testamento, la palabra cristiano tres y la palabra creyente dos.

Con un buscador electrónico tal vez encuentres que las cifras son 275 para discípulo, tres para cristiano y nueve para creyente.

Pero lo interesante no es la cifra, sino el énfasis en no hacer creyentes, ni cristianos de religión, sino discípulos de Jesucristo.

Y si revisamos el mandato que Jesús dio antes de partir al cielo en él jamás se nos ordena hacer creyentes o cristianos religiosos, sino discípulos.

Y es que a Dios no le interesa tanto el que la gente crea en él, ni que se identifique como de la religión cristiana, sino que sea su discípula.

Y para poder captar la fuerza de esta palabra hay que verla en el contexto en el que se usa.

Hoy en día un discípulo es aquel que va durante una hora a una cátedra, escucha al profesor, paga por el servicio, presenta un examen y obtiene un certificado.

Pero en la época y cultura de Jesús un discípulo era como un hijo que un rabino adoptaba para formar su carácter y para enseñarle toda su cátedra.

Los padres entregaban a su hijo varón para que éste no sólo viviera con el rabino, lo sirviera y se sentara a sus pies a aprender su doctrina, sino para que algún día llegara a ser como ese rabino, quien era su modelo y su padre.

La unión entre rabino y talmidim (el discípulo judío) se tornaba tan estrecha que cuando el maestro decía: “llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí”, cada alumno entendía que jamás podría practicar o enseñar otra doctrina diferente a la de su propio rabino.

El apóstol Pablo, un típico rabino fariseo, que había dejado el yugo de su rabino Gamaliel y había adoptado el de Jesús, decía a sus hijos espirituales:

“Lo que yo les he enseñado, practíquenlo y enséñenlo a otros, así como yo lo aprendí de mi rabino y mi Señor Jesús y lo practico y lo enseño. Sean imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo”.

Hoy en día los cristianos somos más cómodos, en lugar de adoptar hijos espirituales los invitamos a reuniones y los hacemos consumidores compulsivos de liturgia dominical evangélica.

Y en lugar de decirles que sean imitadores nuestros como nosotros lo somos de Cristo, les decimos que no nos miren a nosotros, sino que miren a Cristo.

Sí, hemos entendido el discipulado de manera diferente a como lo enseñó Jesús en Juan 8:31.

En este pasaje bíblico el Señor les dijo a los muchos que habían creído en él que si querían ser discípulos y no simples creyentes, tenían que vivir con Él, aprender de Él, enseñar como Él y ser como Él.

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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.