Si no vas a ser sal, sal de allí. (Parte 1).

 

(Mateo 5:13; Romanos 13:1-6).

A nuestro personaje vamos a llamarle Aníbal, en su país es uno de los hombres de confianza en un ministerio del gobierno nacional.

No importa que el presidente cambie el ministro de esa área, a él nunca lo mueven de su cargo. Su historia es fascinante:

“Cuando llegué a trabajar al gobierno empecé en una oficina en mi ciudad que atendía los reclamos de los usuarios de servicios públicos. Esa dependencia era una locura.

Yo había estudiado leyes y acababa de terminar una especialización en administración pública, de manera que conseguí ese empleo sin ninguna influencia política, meramente por calificación profesional y, hoy lo sé bien, porque Dios me llevó allí con un propósito.

La costumbre en mi país siempre ha sido que la gente logra un cargo en el gobierno por recomendación de un jefe político. No importa si eres bueno o no, si tienes un padrino político te consigues el trabajo.

Y eso sí, de tu sueldo te sacan una tajada grande para el directorio político, porque esa es una especie de comisión que pagas toda la vida, es el aceite de la maquinaria que se ha montado por años.

Así que cuando llegué a aquí casi me muero del susto. Las oficinas abrían a las ocho de la mañana para atender al público que estaba haciendo fila desde las cinco. Eran las tres de la tarde y todavía seguían las largas filas.

Diariamente nos enviaban ocho policías para controlar a la gente que venía enojada a hacer reclamos y que se ponía peor por la mala atención que se le daba.

A las cinco de la tarde que cerrábamos, el local quedaba casi destruido: vómitos de niño en el piso, vulgaridades escritas en las paredes, los baños averiados, las sillas rotas y restos de comida y basura por todas partes.

Y para rematar, los empleados bajo mí cargo eran pésimos, pero ganaban más que yo, porque eran recomendados de un político y porque recibían sobornos para agilizar los trámites.

Pero no los podía despedir, eran intocables, primero me votaban a mí que a ellos. Quise salir corriendo, pero Dios me dijo en un tiempo de oración y búsqueda de su voluntad:

‘Te he puesto allí como sal de la tierra y si no eres sal, entonces sal de allí. Y no creas que ministerio es sólo el que haces en la iglesia, lee Romanos 13, y verás que los funcionarios son ministros míos y yo les pediré cuentas de todos sus actos, así que ve y haz mi voluntad en este gobierno”…  (Continuará mañana).

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Al que buen árbol se arrima…

(Proverbios 13: 20).

Un chistoso ha dicho que al que buen árbol se arrima, buena rama le cae encima, pero la verdad es que el refrán popular reza de la siguiente manera: “al que buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Y lo que quiere decir este antiguo dicho es que es muy importante saber de quiénes me voy a rodear, quiénes serán las personas que voy a  escoger para permitir que sean de influencia en mi vida y a la vez que sean influídas por mí.

Mientras que la familia sanguínea nos es dada, nos es impuesta naturalmente, los amigos se convierten en la familia que nosotros escogemos, de allí la importancia de seleccionarlos muy bien.

Y esto no quiere decir que nos debe animar un sentimiento utilitarista, pensar en qué puedo obtener de alguien para saber si lo hago o no mi amigo, pues si así fuera sólo tendríamos amigos adinerados y de influencia, para poder servirnos de ellos.

La sabia escogencia de los amigos apunta no al utilitarismo, sino a una especie de simbiosis en la que ambas partes se sirven y se benefician mutuamente.

El sabio Salomón sentenció en su libro de Proverbios en el capítulo 13 que el que anda con sabios, sabio será, pero que el que se junta con necios será quebrantado. Y esa tesis se ve cumplida todos los días en todas las culturas y en todas las edades.

Es por ello que debemos revisar nuestra agenda, nuestra red social en Internet, nuestros compañeros de trabajo o estudio, y determinar con quiénes vale la pena pasar buena parte de nuestro tiempo, pues inevitablemente nos vamos pareciendo a aquellos con los que nos relacionamos frecuentemente.

Y esto no sólo es aplicable a nuestra nómina de amigos cercanos, sino a aquellos que tienen acceso a nuestro círculo íntimo de vida, como son los cantantes que escuchamos, los escritores que leemos, los artistas que vemos y los héroes que aplaudimos.

Platicar con personas interesantes, escuchar, ver o leer a figuras que aportan riqueza a nuestra vida, no es gastar el tiempo, sino invertirlo productivamente.

Por eso decídete de ahora en adelante a no pasar el tiempo con alguien, sino a invertir el tiempo con alguien o en alguien.

Porque debes tener en mente no sólo lo que puedas obtener, sino también lo que puedas sembrar en la otra persona.

¡Arrímate a buenos árboles!

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Las pobres aspiraciones del rico.

(Proverbios 10:22; 1 Timoteo 6:17-19).

La riqueza material ha sido una de las metas más importantes en la vida de todo ser humano, sino la más importante a lo largo de todas las edades.

Y ha sido tan influyente que si el hambre por el dinero desapareciera, o al menos fuera mesurado, ya no habría ni robos, ni conflictos por las ganancias, ni loterías, ni industrias especializadas en la guerra.

Ni mucho menos argumentos para películas y telenovelas en donde todo gira en torno al capital.

Y es que la riqueza en lugar de mejorarles la vida a muchas personas se las arruina, y el motivo es por cuanto la mente del rico se hace estrecha y así la fortuna le secuestra la inteligencia y termina esclavizándolo.

Sí, suena raro, pero es la verdad, porque el rico ya no es dueño de la riqueza, sino que la riqueza se adueña de él.

Y fruto de ello se vuelve egoísta, tacaño y amargado, por cuanto no disfruta su fortuna, sino que la sufre, pues vive con el miedo permanente de volverse pobre.

Además sufre de desconfianza, sospecha hasta de su propia sombra. Y  se da una aire de superioridad y una altivez tal que lo hacen falso, inhumano y antipático, pues nunca puede estar seguro de si lo aman por lo que es, o por lo que tiene.

Y cada mañana, después de su escaso sueño por las múltiples preocupaciones, su amo la riqueza le sacude el látigo en la cara para que se levante y trabaje, para hacerla crecer mucho más a ella y para que él siga siendo su esclavo.

¡Qué ironía! ¡Ser rico para seguir siendo rico! ¡Eso es un círculo vicioso! Pero no tiene que seguir siendo así, puede ser diferente.

Cuando es Dios quien da la riqueza nunca la da para desgraciarle la vida a alguien, sino como una bendición, como un préstamo para que el ser humano la disfrute con gozo, nunca acompañada de tristeza.

El apóstol Pablo, quien provenía de una acaudalada familia y quien prefirió las riquezas eternas en Cristo, en lugar de las pasajeras riquezas de este mundo, les aconsejó a los ricos que no fueran altivos, que se quitaran ese airecito de superioridad de la cara y aprendieran a ser normales y humildes como la demás gente.

Que no pusieran la esperanza en las riquezas, que son más inestables que una silla de dos patas; sino en Dios, que es muy estable, confiable, eterno e inmutable.

Que disfrutaran de su fortuna con la familia, sanamente, y sin despilfarros, pues nada se iban a llevar de este mundo.

Que dejaran de ser tacaños y se volvieran generosos. Que recibieran el mayor tesoro de todos: el de Cristo en el corazón.

Y que hicieran más riquezas, sí, pero en el cielo.

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Dios no firma sus contratos, los rompe.

(Hebreos 9:13-26).

La costumbre en nuestra cultura occidental es que cuando se hace un contrato, un pacto, un acuerdo o alianza, se suscribe un documento y luego se firma ante un notario colocando en dicho papel nuestra firma, nuestro número de identificación nacional y hasta la huella digital.

Eso es suficiente para que ante la ley los firmantes expresen estar de acuerdo en lo convenido.

Entre los judíos de los tiempos bíblicos la costumbre no era firmar un documento, sino cortar una víctima, aunque suene raro.

Es decir, un judío no decía: “vamos a firmar un pacto”, o, “hagamos un pacto”, sino que decía: “cortemos un pacto”.

Y literalmente se estaba refiriendo a que se tomaba un animalito como víctima y se cortaba, se descuartizaba, y se le dejaba derramar su sangre, ya que de esa manera el acuerdo quedaba sellado.

Es por ello que en hebreo no se habla del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento de la Biblia, sino del Antiguo Pacto y del Nuevo Pacto, que es lo que significa la palabra hebrea Berit, la cual equivale en griego a Diateke.

Dios realmente no firmó un pacto, sino que rompió un pacto, cortó una víctima, descuartizó una víctima para demostrar la gran seriedad de su alianza con el ser humano.

Dios hizo una alianza con el hombre en la cual le aseguraba que perdonaría sus pecados, porque los mismos serían asesinados en un animal.

Y esto debía ser así por cuanto la ley dice que el que peca debe morir, porque la paga del pecado es la muerte.

Es por ello que cuando un judío pecaba y deseaba ser limpio, tomaba un cordero de la manada, le echaba sus culpas encima, por la fe, y luego, ante el sacerdote, mataba con un cuchillo al inocente animal.

¿Y por qué lo mataba? Por que al llevar su pecado ese cordero ya no era inocente, sino culpable, motivo por el cual debía morir, ser cortado, descuartizado, derramando su sangre que es el símbolo de la vida.

Por eso, en el Antiguo Pacto de la Biblia, que es antes de Cristo, los pecados eran perdonados sacrificándose animales, derramando la sangre de ellos.

Pero, en el Nuevo Pacto, después de Cristo, Dios mismo, hecho ser humano, haciendo las veces de un cordero de Dios que quita el pecado del mundo, se dejó colgar en una cruz, se dejó asesinar, se dejó cortar, y derramó su sangre para que todo el que necesite el perdón de sus pecados lo mire a Él y quede limpio de culpa.

¡Ya no esperes ni un minuto más para arrepentirte y orar pidiéndole perdón a Dios por tus pecados!

En este mismo instante lo puedes hacer, Dios te está esperando con los brazos abiertos, pues fue por ti que dio su vida en la cruz.

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Ser papá, misión y posible

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(Efesios 6:4; Colosenses 3:21).

He procurado en todos los devocionales evitar escribir en primera persona y abocar temas de índole personal, mas hoy con mucho respeto quiero tomarme esa licencia para referirme a mis tres hijos, a Laura, la mayor, a Santiago, 14 años menor que Laura, y a Mía Valentina, siete años menor que Santiago y quien es la bebé de la casa.

Y reflexiono de nuevo en la misión que he recibido de parte de Papito Dios, el Padre Eterno, y en la cual me pide ser como Él en un grado infinitamente más pequeño, pues Él es Padre Eterno, en cambio yo soy padre temporal.

Dios engendra hijos para darles vida abundante y eternal y en mi caso me ha concedido el privilegio de engendrar a tres seres humanos para que les dé una vida terrenal digna, ya que la celestial la recibirán ellos mismos del Señor.

He sido criado en una cultura en que abundan los hijos huérfanos con padres vivos, hombres que traen bebés a este mundo y luego les dan la espalda y los ignoran como si no existieran.

Se olvidan que aunque engendrar toma sólo unos minutos, ser padre toma toda la vida.

Ahora que profeso la fe cristiana y sigo a Jesús como mi Mesías, recibo de su parte una misión que sí es posible, y es ser padre.

Dios me ha encomendado ser proveedor de mis hijos, así que lo que coman, beban, vistan y consuman en estudios, medicina, recreación y otros ítems, deberá ser provisto por mí.

También me ha pedido que sea su maestro y guía espiritual. Que sea su protector y compañero de juegos.

Y que les dé el mejor ejemplo de vida, pues si soy aplaudido por todo el mundo pero no tengo el amor y la admiración de ellos, seré un verdadero fracaso.

Laurita, Santiago y Mía, ni ustedes pueden esperar que sea un padre perfecto, ni yo puedo esperar que ustedes sean unos hijos perfectos, pero sí podemos por encima de todo amarnos, respetarnos, ayudarnos e inspirarnos.

Laurita, Santiago y Mía, en nuestro breve paso por este mundo me ha tocado en turno ser el padre de ustedes y a ustedes ser mis hijos. Ayúdenme a ser de los mejores, pues algún día tendré que dar cuenta a Dios de lo que fui para ustedes tres.

Los amo, siempre serán mis bebés y siempre serán mi bendición de Dios.

Los extraño cuando estoy fuera de casa y todos los días oro por ustedes.

De vuestro papi: Doni.

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¿Me porto bien para salvarme o me salvo para portarme bien?

 

(1Pedro 2:2; Romanos 7:7-25).

 El consejo del apóstol Pedro en 1Pedro 2:2 es que deseemos como si fuéramos niños recién nacidos la leche espiritual (la Palabra de Dios) para que por ella crezcamos para salvación, según una versión de la Biblia al castellano.

Y la tesis pareciera ser que si me porto bien y crezco, pudiera salvarme.

La salvación viene entonces como una recompensa por tratar de ser santo. Es como si Pedro nos mirara fijamente a los ojos, nos señalará y dijera amenazante:

“Oye, si creces espiritualmente te salvas, sino creces, te vas al infierno.

 ¡Ni esperanza de salvarnos! Pues ningún ser humano es capaz de hacer los méritos para lograrlo. Fue por ese motivo que Jesús vino a cumplir la Ley, ya que ningún humano había podido cumplirla ni podría.

Y Él la cumplió a nombre nuestro y luego dio paso a otro sistema de salvación: La Gracia.

Implícitamente Él estaba diciendo con voz tierna:

“Mira, Moisés hace 1500 años trajo toda la Ley con sus 613 mandamientos para que trataran de cumplirla y así se salvaran. Pero no han podido ni podrán. Mas no se preocupen, yo ya lo sabía, sólo que debía probárselo a ustedes mismos. Ahora voy a cumplir toda la Ley a nombre de ustedes y luego les regalaré la salvación, sólo por creer en mí.”

¡Uf qué alivio! Qué tranquilidad para los que nos identificamos con el apóstol Pablo cuando dice que él desea hacer lo bueno, pero no puede, y que lo malo que no desea hacer, eso es lo que hace.

Su conclusión entonces es que es un miserable, que hay dentro de él una fuerza superior a él mismo, llamada pecado, que lo esclaviza y lo obliga a hacer lo que odia, los pecados.

Mas la gran noticia que nos da después es que Jesús ha vencido a ese pecado que vive en él y ha tomado el control de su vida para hacer lo que es santo.

Jesús vino a salvarlo, por Gracia, y luego lo dotó de la capacidad para vivir en santidad.

La Ley le decía lo que debía hacer, y al no poder hacerlo, lo condenaba.

La Gracia le dio la salvación y luego la capacidad para la santificación.

Pero no nos confundamos, la Gracia no es un pasaporte para pecar, sino un poder para no pecar.

La Gracia no es un premio por no pecar, sino un don, un regalo de Dios, para no pecar.

La gracia es un regalo que no mira el mal comportamiento de una persona, sino que se da para moldear el mal comportamiento de dicha persona.

No me porto bien para salvarme, sino que me salvo para poder portarme bien, como lo dice la expresión griega “Eis soterian” que está en 1 Pedro 2:2, y la cual debe traducirse “crezcamos en la salvación” en lugar de “crezcamos para la salvación”.

No es crecer para salvarme, es salvarme para crecer.

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Usa un par de alas y olvídate del chaleco antibalas

(Salmos 57:1-3).

La gran muralla china, una de las siete maravillas del mundo y cuya extensión supera los ocho mil kilómetros,  se empezó a construir a partir del siglo V antes de Cristo y en dicho trabajo tan arduo murieron más de 10 millones de trabajadores, los cuales fueron enterrados en las inmediaciones.

¿Y para qué semejante muro tan largo? Para protegerse de las invasiones de los enemigos, para eso.

La gran muralla china es un monumento gigantesco que grita a los cuatro vientos que el ser humano es un ser que requiere protección, permanente, toda la vida, tanto de sus enemigos materiales como de sus enemigos espirituales, tanto de los fenómenos naturales como de él mismo.

¡Oh! ¿Y ahora quién podrá defenderme? Esa frase que se hizo célebre en la comedia familiar mexicana de El Chapulín Colorado, ha sido la frase de todas las edades.

Es por ello que las inversiones en materia de seguridad van desde las cifras astronómicas de los gobiernos con los escudos antimisiles y fuerzas armadas muy bien dotadas por tierra, mar y aire, hasta las rejas de seguridad en las casas de clase media y las paredes con picos de botellas en la punta en las de clase baja.

Necesitamos estar protegidos, y no sólo estar protegidos, sino sentirnos protegidos, para andar tranquilos, para que la ansiedad, el nerviosismo y el  sudor en las manos y en los pies no nos arruinen la existencia.

La buena noticia es que Dios, el Dios de la Biblia, consciente de esa imperiosa necesidad del ser humano, ha prometido ser un escudo protector para todos aquellos que en Él confían.

Él ha dicho que quien está bajo sus alas, bajo su cuidado, bajo su amparo, puede estar más tranquilo que el león de la Metro Goldwyn Mayer.

Dios y su destacamento de ángeles invisibles son mucho más efectivos que los míticos personajes de Supermán, Batman, El Hombre Araña, El Zorro y otros héroes de ficción.

La protección de Dios es contra lo visible e invisible, contra los enemigos externos y contra los internos, que son los más peligrosos, porque son los que batallan dentro de tu alma para llevarte a la autodestrucción.

Pero tranquilo, la Biblia está llena de textos donde Dios te dice: “No temas”. Así que, ¡nada de pánico! ¡Bajo sus alas estás protegido!

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Papá, cómo puedo llamar la atención de una chica

(Proverbios 4: 1-4).

-         Papá, yo quisiera que una compañerita de mi clase se interesara en mí y que yo le llamara la atención, pero creo que no le importo mucho

-         ¿Y por qué piensas eso?

-         Porque yo la miro desde lejos y ella no me mira. Y yo siempre soy el que va y la saluda pero ella no ha venido nunca a donde yo estoy a saludarme.

-         Y por qué estás interesado en esa niña en especial, ya que supongo que en tu curso debe haber unas 20 más

-         Sí, hay muchas, y en todo el colegio hay muchas más, pero sabes papi, es que es ella la que me agrada, me siento bien cuando la miro y cuando conversamos. Ella me parece muy bonita, muy simpática, inteligente. Y por eso quiero llamar su atención.

-         Adrian, aunque apenas tienes 13 años, creo que es importante que sepas que es lo que les gusta a las mujeres de los hombres.

Mira, lo primero que debes saber es que a las niñas les agradan los chico que de verdad se interesan por ellas.

Todos los seres humanos anhelamos ser admirados, amados. De manera que si ves en ella algunas buenas cualidades pues busca el momento oportuno para reconocérselas.

Pero hazlo sin el ánimo de adular, simplemente advirtiendo algo bueno que hay en ella.

Lo segundo que debes entender es que se logran más amigos en dos meses interesándote por ellos que los que obtendrías en dos años tratando de que ellos se interesen por ti.

Lo tercero es que debes cultivarte como persona, tu inteligencia y caballerosidad deben destacarse mucho más que las marcas de tu ropa y zapatos.

Lo cuarto es que no debes asediarla, no te hagas fastidioso hablándole todo el tiempo y llamándole. Permite que ella te extrañe un poquito, que sienta la diferencia entre lo que es estar contigo y estar sin ti.

Y en quinto lugar, no te apresures en nada. Lleva las cosas con calma, deja que los frutos se den en su tiempo.

Muchas veces, por nuestro entusiasmo e inexperiencia, la mente nos juega una mala pasada llevándonos a mucha velocidad y haciéndonos obsesivos.

Recuerda que Papá Dios nos ha enseñado que todo tiene su tiempo, así es que ve despacio hijo mío.

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Que tu sí, sea un sí afirmativo y no un si condicional.

 

(Mateo 5:33-37).

La palabra empeñada de un cristiano debe ser tan  confiable como un documento firmado, rubricado con la huella digital y autenticado ante un notario. Su sí debe ser un sí afirmativo, no uno condicional.

El sí afirmativo, que se escribe con tilde, es el que asevera, y ese es el que debemos usar para confirmar, para asegurar, para certificar que lo que hemos prometido lo cumpliremos pase lo que pase y que la gente con la que nos hemos comprometido puede descansar confiada en que no nos retractaremos al final.

El si condicional, que se escribe sin tilde, es el que supedita las cosas a eventualidades, que en lugar de confirmar, supedita todo al cumplimiento de ciertos requisitos.

Claro que no es malo en los casos en que se precisa del cumplimiento de obligaciones de la contraparte, como por ejemplo:

Te pagaré si me entregas la mercancía en la fecha exacta. Te compraré si me da una garantía, etc.”

Pero sí es malo dejar el si condicional como una posible excusa:

“Vamos a ver si te pago. Si puedo paso por allá a las ocho. Si de pronto me dan ganas te hago el trabajo. Si me animo te ayudo”.

Existe también la costumbre de algunos a agregarle juramentos a sus palabras con el fin de que sus promesas alcancen mayor credibilidad.

Pero Jesucristo nos enseñó a no jurar, a no decir que algo lo prometemos por nuestra madre o nuestros hijos; o que si no lo cumplimos que nos parta un rayo; o que si estamos mintiendo que nos trague la tierra.

Esas expresiones están de más, son ociosas y desagradan a Dios. Lo que debemos hacer es ganarnos la fama de ser personas de palabra, que nuestro sí sea sí y nuestro no sea no.

Que la gente confíe plenamente en lo que le hemos prometido sabiendo que no les vamos a quedar mal y que no vamos a inventar disculpas a último momento.

¡Ah pero en mi país nadie cumple su palabra y la gente queda mal! Es lo que arguyen algunos, sin embargo, para un cristiano esa no debe ser una disculpa, porque es precisamente en la oscuridad de su cultura donde su luz de integridad debe brillar.

Si dijimos que a las tres de la tarde estaríamos en un lugar, lleguemos a las tres, no a las tres y cinco. Si dijimos que pagaríamos una cuenta el cinco del próximo mes, no esperemos a que el día siete nos estén llamando a cobrar.

Ya basta de viejos resabios que hacen quedar mal el evangelio de Cristo.

Ya basta de que por irresponsabilidad se pierdan negocios, se produzcan despidos o se deje una pésima reputación y luego se le eche la culpa al Diablo por las desgracias. ¡Mostremos integridad!

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¿Es malo si daña a otros pero no es malo si sólo me daña a mí?

 

(Romanos 12:1-11).

La ley en muchos países dice:

“Si te emborrachas en tu casa, estando solo, no es malo, pero si manejas estando ebrio irás a la cárcel, pues representas un peligro social”.

“Si fumas encerrado en un lugar no es malo, pero si lo haces en público irás a la cárcel, porque tu humo enferma a los demás”.

Pareciera que la ley “represiva”, la del castigo por los daños (diferente a la “preventiva” que evita futuros daños), te dijera que puedes hacer con tu vida personal lo que quieras, siempre y cuando no afectes a otros, porque si tu comportamiento perturba o daña a los demás, entonces sí será penalizado.

Y con esta premisa en mente muchos pretenden justificarse ante Dios al argumentar que pueden hacer lo que quieran con sus vidas, siempre y cuando no le hagan daño a nadie.

Estos son los individuos que por ejemplo razonan de la siguiente manera:

“Puedo ver pornografía yo solito en mi cuarto, porque a nadie le hago daño”.

“Puedo emborracharme en mi casa y fumar un poco de marihuana, pues eso no molesta  a nadie. Además es mi vida, mi cuerpo y mi dinero y a nadie debe importarle”.

“Puedo comer lo que se me antoje, soy yo el que paga las consecuencias de la mala comida”.

Yo no metería a la cárcel a mi hijo por rascarse un granito al punto de sacarse sangre. Prefiero advertirle que eso es malo, que no se rasque, que se deje la cremita encima que le va a ayudar a cicatrizar. Pero si no me hace caso entonces me pongo más firme.

Tampoco metería a la cárcel a mi hija por consumir comida chatarra, más bien le explico los beneficios de la comida saludable para no enfermarse, mas sino me presta atención también tengo que ser más firme.

¿Pueden mis hijos hacer con sus cuerpos lo que quieran y enfermarse después? Sí, podrían decir como muchos rebeldes:

“Déjame, no te metas, soy yo, es mi problema, no el tuyo”.

Pero mi amor de padre y el desear lo mejor para ellos me obliga a intervenir en sus vidas y hacer uso de mi autoridad.

Cuando Papá Dios te dice que ni siquiera pienses en algo malo, está protegiendo tu integridad, te está cuidando.

Cuando te dice que perdones, está protegiendo tu salud física, mental y espiritual.

Cuando te dice que no dañes tu pureza sexual, aunque no afectes a otros, te está cuidando de no dañarte, te está amando.

Y al mismo tiempo está haciendo respetar su templo, ya que tu cuerpo es el templo del Espíritu Santo.

Y esta verdad es tan importante que la Biblia afirma que hay pecados que están fuera del cuerpo, pero que el que incurre en actos sexuales impuros peca contra su misma naturaleza física y afrenta al templo de Dios.

Meditemos en esto: si nuestra vida no es nuestra sino que le pertenece a Dios, con cuerpo, mente, bienes, sueños y anhelos, entonces, con todo el derecho, y por el gran amor que nos tiene, Dios está en el deber moral de cuidarnos a nosotros mismos aún de nosotros mismos.

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