Gracias a estos desgraciados disfruto de la Gracia.

(Génesis 45: 4-13)

El deseo de vengarse puede ser un combustible que te motive a triunfar en la vida para así tener la satisfacción algún día de mirar a la cara a todos aquellos que te hicieron la vida amarga y decirles:

“Miren, pedazos de alcornoque, aquí estoy, cosechando éxitos, saliendo adelante a pesar de haberse negado a ayudarme, a pesar de sus burlas e incredulidad. Y como me hicieron la vida miserable, ahora se las voy a cobrar una por una”.

El grave problema con el deseo de vengarse es que es un veneno que causa daños mucho más graves en quien lo ha guardado que en quien es vaciado.

El que está herido emocionalmente pude sentirse motivado a triunfar para cobrar revancha, pero al final, en lugar de saborear la miel de sus logros, se autodestruirá con la hiel de su amargura.

Una historia ejemplar es la que relata la Biblia en el libro de Génesis sobre José, el hijo de Jacob. Este chico sufrió la envidia y el odio ni más ni menos que de sus hermanos de sangre.

Aunque quisieron matarlo, prefirieron venderlo como esclavo a Egipto, lugar donde sufrió muchas calamidades, aunque después de unos años llegó a convertirse en el primer ministro de esa potencia de la época.

¡Qué sorpresa se llevaron sus hermanos cuando él se descubre ante ellos! Quién se iba a imaginar que el niñito consentido de Jacob era ese mismo señor poderoso que estaba allí manejando la economía mundial.

La oportunidad para cobrar venganza le vino como anillo al dedo. Ahí los tenía, para torcerles el cuello y hacerles pagar cada una de sus fechorías a esos sinvergüenzas, a esos desgraciados.

Sí, desgraciados porque no estaban disfrutando la gracia de Dios, la bondad de sus mercedes. Y eso fue lo que entendió José, por eso su actitud fue otra, la del perdón.

Y por ello de inmediato les calmó los nervios y les dijo que no se asustaran, que todo lo que le había sucedido, aunque fuese desagradable en un principio, había sido para el bien de él y de ellos, pues fruto de su situación privilegiada ahora estaban todos a salvo bajo su cuidado y protección.

Gracias a esos desgraciados, él disfrutaba de la Gracia de Dios.

Sí, el deseo de vengarse puede ser un combustible para la motivación a triunfar, pero es venenoso.

Por eso, usa otro combustible que es mejor: el de compartir tus bendiciones.

Sólo recuérdalo por si te hieren en la familia, en el trabajo, en el amor, o hasta en la iglesia.

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Cuando se es prestado se cuida mejor.

(2 Corintios 5:6-10).

Cuando las cosas son prestadas las cuidamos con más esmero que cuando son propias, pues al fin y al cabo de lo que es nuestro no tenemos que darle cuentas a nadie, pero de lo que es ajeno sí debemos responder, razón por la cual tomamos toda la precaución en no ir a perder o dañar lo que se nos ha confiado por breve tiempo. Además siempre tenemos presente la idea de que lo que es prestado está más expuesto que lo propio.

Deberíamos de pensar así con respecto a algunos beneficios que recibimos de parte de Dios para nuestro provecho pero que en ningún momento dejan de ser de su propiedad para pasar a ser de nosotros.

Vale mencionar por ejemplo la vida, la cual siempre le pertenecerá a Dios, pero la recibimos para que la disfrutemos, la enriquezcamos, la aprovechemos al máximo y la usemos como algo preliminar a la eternidad en el cielo.

Y si la vida es prestada no dispongamos de ella como si nos perteneciera, sino cuidémosla, pues tendremos que dar cuenta de qué hicimos con ella todo el tiempo que se nos confió mientras estuvimos dentro de un cuerpo material en este planeta tierra.

Sí, básicamente los seres humanos somos un espíritu metido dentro de un vestido material llamado cuerpo, el cual nos es provisto por unos 80 años en promedio para que podamos desenvolvernos en este mundo material, pero tanto el espíritu, que ha sido dado por Dios, como el cuerpo, que lo ha tomado Dios del polvo de la tierra, volverán a sus fuentes tal y como lo declara Eclesiastés en la Biblia en el capítulo 12 versículo siete:

“Y el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio”.

Y es por ello que una visión de la vida como la del apóstol Pablo nos enseña a ver nuestro paso por este mundo como un préstamo por tiempo limitado. Un cristiano perfectamente puede decir:

“He venido a este planeta por un breve tiempo, pues Dios me ha concedido la vida, la cual es un préstamo que podré disfrutar todo el tiempo que el Señor permita que mi espíritu esté dentro de este estuche de carne y hueso que se llama cuerpo humano.

Y gracias también a que Jesucristo me ha concedido la salvación eterna de mi alma, sé que cuando abandone este estuche provisional, iré a vivir eternamente con Él en el cielo, donde recibiré galardones de acuerdo a las buenas obras que hice estando en el cuerpo”.

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¿Por amor o por lástima?

(Romanos 5:8; 8:32)

Cuando un limosnero se acerca a pedirte una ayuda económica lo hace apelando a tu sentimiento de lástima, es por ello que su apariencia, sus gestos, sus palabras y la historia que te cuenta son bien tristes, lastimeros. Él sólo dispone de un minuto en una esquina, en un semáforo, o en un parque, para impactar tus sentimientos y motivarte a desprenderte de algo que es tuyo para dárselo a él, simplemente porque logró que en tu mente dijeras: “pobrecito, qué pesar, qué lástima, cómo me duele”.

Si el limosnero viniera con un arma a pedirte, ya no sería un limosnero, sino un asaltante, ya no pediría una limosna, sino un botín, y ya no apelaría a tu lástima, sino a tu miedo. Si viniera con un abogado y un documento ya no te estaría pidiendo, sino exigiendo. Y si llegara ofreciéndote un producto o servicio ya no te estaría pidiendo, sino vendiendo.

Por el contrario, cuando un hijo o una persona a la que amamos con todo nuestro corazón se nos acerca y nos pide algo, nuestro mayor deseo es complacerla, dárselo de inmediato. Tal vez los únicos impedimentos que encontremos para satisfacer su demanda sea el que no tengamos lo que nos pide, o el considerar que lo solicitado no le es conveniente en ese momento. Mas por regla general son más las ganas nuestras por darle algo que las de él por recibirlo.

¿Y a qué se debe esa respuesta de parte nuestra? Al amor. No a la lástima, no al miedo, no a la obligación, no al pago de un producto o servicio, sino simplemente al deseo de complacerlo, de satisfacerlo, de hacerle feliz, por cuanto lo amamos. La persona a la que amamos no necesita hacernos llorar de lástima, o apuntarnos con un arma en la cabeza, ni traernos un abogado para exigirnos, o darnos una mercancía a cambio, sólo debe cultivar y mantener esa relación de amor que ya existe entre los dos.

La Biblia dice en la epístola a los Romanos que Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Y luego añade que si no fue capaz de negarnos a su propio Hijo unigénito, sino que lo entregó por nosotros, gracias al inmenso amor que nos tiene, cómo no nos va a dar todas las demás cosas que necesitemos. Eso es como decir que si tu papá ya te dio la casa, el auto, la empresa y el dinero en el banco, cómo no te va a dar una pequeña moneda de su bolsillo para algo que necesites.

A Dios no tenemos que hacerle sentir lástima para que nos dé algo, ni amenazarlo con un arma,  ni llevarle un abogado para exigirle, ni ofrecerle un producto o servicio a cambio. Lo único que precisamos es cultivar ese amor que Él ya nos tiene y que no necesitamos ganárnoslo, puesto que ya lo siente por nosotros. Dios nos ama, aunque no lo merezcamos, y por ello nos ha dado y dará lo mejor de Él. Lo único que podemos hacer ante tanta generosidad es corresponderle, amarle, exaltarle, obedecerle.

Claro, hay personas que no quieren tener una relación de amor con Dios, sólo quieren ver cómo le pueden sacar algo, cómo lo pueden usar a su conveniencia y luego desecharlo hasta que vuelvan a necesitar algo de Él. Es por ello que intentan despertar su lástima mostrándole heridas, contándole historias tristes y haciendo sacrificios como el de andar de rodillas de una ciudad a otra o subir un cerro descalzos.

Otros individuos en cambio le quieren exigir. Y otros más le quieren prometer productos y servicios tales como velitas, flores, rituales, etc. No erremos, Dios nos ama, amémosle, porque si tenemos su corazón, tenemos todo de él.

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El consejo sabio sólo cobra valor cuando se sabe aplicar.

(Éxodo 14:15-16).

Si alguien te preguntara que significa la palabra “vela” lo más probable es que tengas que pedirle que te explique en qué contexto está, pues “vela” puede ser del verbo velar, o del verbo ver, o la lona de un barco de viento, o el cilindro de cera para alumbrar.

De la misma manera un sabio consejo sólo cobra valor cuándo se sabe aplicar. Tomemos como ejemplo las medicinas, todas ellas se han fabricado con el fin de sanar, pero sí una de ellas se aplica a la persona incorrecta o de manera incorrecta, puede matar.

Rodrigo escuchó de un conferencista que en la vida debemos movernos para que Dios nos guíe, en lugar de quedarnos quietos haciendo nada y alimentando la pereza.

Y que así como las ruedas de un auto se ponen duras cuando el auto no se mueve, pero se ponen suaves y manejables cuando éste se mueve, así las personas que deciden ponerse en acción le permiten de mejor manera al Espíritu Santo poder guiarles.

Luego leyó de cierto autor que cuando no sabemos a dónde ir lo mejor es que nos estemos quietos, tranquilos, en reposo, esperando que Dios nos confirme qué rumbo tomar, pues no podemos ir por la vida a toda carrera y sin guía dando tumbos. Y que si un barco no sabe a qué puerto llegar ningún viento le es favorable.

Ahora, después de confrontar ambos consejos, a Rodrigo le pareció que ambos eran muy buenos, sólo que no sabía cuál aplicar. Como resultado de lo anterior se quedó en punto muerto. Ya no sabía si moverse o quedarse quieto. ¿Qué hacer?

Aquí es donde viene la otra mitad de un sabio consejo: saberlo aplicar.

Y así como el médico debe escoger entre miles de medicinas cuál es la que ha de recetar y de qué manera se ha de tomar, así mismo la persona debe saber cuándo y cuál consejo es el que debe aplicar.

En el caso de Rodrigo lo que debe hacer primeramente es estarse quieto delante de Dios. No ir ni a izquierda ni a derecha. Orar y esperar a que Dios le muestre, le confirme y reconfirme hacia dónde encaminarse.

Una vez que tenga la certeza, no la emoción o el impulso, sino la convicción, de hacia dónde ir, entonces deberá moverse, de inmediato, aunque todas las circunstancias no estén perfectamente alineadas ni la ruta esté trazada con todos los detalles.

Eso fue lo que Dios le dijo a Moisés frente al Mar rojo:

“Oye Moisés, este no es el momento de orar, sino de actuar, ya sabes cuál es mi voluntad, así que dile al pueblo que marche, aunque las aguas no se hayan dividido todavía,  pero que caminen resueltos, y tú levanta la vara que te di, da las órdenes, y ya verás el resultado”.

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¿Y dónde están los artistas y científicos de Dios?

(Éxodo 35:31).

Es muy usual que cuando a alguien le mencionamos el Espíritu Santo inmediatamente piensa en religión, o en gente brincando, llorando, o cayéndose al piso.

Pero casi nadie asocia al Espíritu Santo con un laboratorio, o una universidad, o la facultad de bellas artes, o el congreso de un país, o una oficina de la ONU.

Sin embargo, cuando leemos la Biblia encontramos casos como el de Bezaleel y Aholiab, dos caballeros judíos a quienes el Espíritu Santo, de manera sobrenatural, convirtió en artistas y científicos, las dos cosas, para lo cual, milagrosamente, debió desarrollar ambos hemisferios de sus cerebros, tanto el izquierdo, para ser científicos, como el derecho, para ser artistas.

Y estos dos hombres nunca fueron a una universidad, pues eran esclavos en Egipto; sino que más bien fundaron una en el desierto, con la autorización de Moisés, para poder levantar a otros artistas y científicos que sirvieran en la obra del santuario para Dios.

Y hay otros casos como el del profeta Daniel, a quien el Espíritu Santo le dio sabiduría sobrenatural para que durante 72 años ejerciera un ministerio de consejería a reyes, lo cual hizo con siete babilónicos (Nabopolasar, Nabucodonosor, Evil-Merodac, Neriglisar, Labas-Marduk, Nabonido, y Belsasar), uno meda (Darío) y uno persa (Ciro).

Claro que si en esta época Daniel le dijera a sus líderes de la iglesia que el Espíritu Santo lo ha llenado para ir a la sede del gobierno de su país como asesor, seguramente lo pondrían en disciplina.

Y tal vez hasta él mismo pensaría que era una locura. Fue por ello que los babilonios lo secuestraron y lo llevaron al palacio real a estudiar en sus universidades ciencias y artes, aunque él jamás se contaminó con esa cultura que no se sometía ni a Dios ni a sus leyes, y lo hizo inclusive arriesgando su propia vida.

Bezaleel, Aholiab, Daniel y otros, son ejemplos de cómo Dios, a través del Espíritu Santo, le da dones (Charismas en el griego del Nuevo Testamento)  a una persona, para que cumpla un ministerio o servicio (Diakonia en el griego del Nuevo Testamento) como parte del trabajo de la iglesia de Cristo en el mundo.

Pero al hablar de iglesia no pensemos en la local, la del auditorio con sillas, instrumentos musicales y un púlpito; sino en la global, la que conforman millones de personas en el planeta tierra y que han sido redimidas por Jesús, el Mesías.

¡Déjate usar por Dios a la manera de Dios, no a la manera de la religión o la tradición!

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No vivas en el desierto, sólo visítalo

(Oseas 2:14; Marcos 6:30-32; Lucas 5:16).

En la cultura cristiana se tiene la idea generalizada de que “pasar por un desierto” significa estar enfrentando un tiempo de graves problemas o angustias, mas no siempre es así.

En términos espirituales el desierto no es sólo el lugar de la prueba, o de la tentación, o de la aflicción, es también el sitio de la soledad voluntaria, del retiro, de la meditación y del descanso.

Inclusive Jesús, aunque al comienzo de su vida ministerial fue llevado al desierto para ser tentado, regresó muchas veces a él, voluntariamente y por breves momentos, para escapar del tumulto, del ruido y de la actividad incesante; y así poder darse un respiro, un tiempo de meditación, oración y descanso.

Al consultar el diccionario de la Real Academia Española la palabra desierto aparece con cuatro acepciones, de las cuales la primera se refiere a un lugar despoblado, solo e inhabitado.

Y sólo la última la define como un territorio arenoso o pedregoso que por falta casi total de lluvias carece de vegetación o la tiene muy escasa.

Ir al desierto, de visita, no para vivir allí, tiene sus bondades terapéuticas en materia de salud espiritual.

El ser humano, y mucho más el cristiano, necesita momentos de quietud, de soledad, de descanso, de meditación, de silencio, de motores apagados.

Aunque algunos no tienen que apagar sus motores, sino sus turbinas, porque son demasiado hiperactivos, todo el tiempo están corriendo, hablando, gritando, hablando por celular o enviando textos, navegando en internet, corrigiendo a los hijos y haciendo más y más planes en unas agendas a las que ya no les cabe un compromiso más.

Estas son las personas que se tornan nerviosas, que se estresan, que pierden la paciencia fácilmente, que no tienen lucidez para pensar y que no pueden escuchar la voz de Dios porque están inmersas en tanto ruido que no la pueden discernir.

Son las mismas que dejan la estufa encendida, la plancha conectada, las llaves de la casa dentro del refrigerador y el celular en la cinta de la cajera del supermercado.

Cuantas ganas le da a Dios de amarrar a esas personas, taparles la boca, ponerles una Biblia en las manos y llevárselas a un lugar solitario para poder compartir un ratito con ellas y hablarles a su corazón y llenarles de amor.

¡Anímate, escápate al desierto un momentito, Dios te está esperando!

¡Ya verás lo fascinante que es!

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Huérfanos y viudas con padres y esposos vivos

(Salmos 68:4-6).

En los tiempos bíblicos era muy común entre los judíos el encontrar huérfanos y viudas, pues usualmente el hombre fallecía estando su esposa muy joven y sus hijos sin tener la mayoría de edad.

Esto se debía a la costumbre de que el varón sólo se casaba cuando superaba los 30 años, mientras que las doncellas después de los 15 ya entraban en la edad casadera.

Y en una cultura en la que únicamente el hombre adulto era usado como mano de obra en el campo y la mujer y los menores de edad eran productivos sólo en su propia casa, la situación cuando fallecía el varón de un hogar se hacía sumamente complicada.

Es por tal motivo que con mucha frecuencia en diversos pasajes de las Escrituras Dios demanda de su pueblo que no se olvide de los huérfanos y las viudas, porque los tales viven desamparados, no tienen quién les provea sustento, y cualquiera puede aprovecharse de esa situación de indefensión por la que atraviesan.

Y en dicho contexto histórico y social es que Dios se levanta y se proclama como padre de huérfanos y defensor de viudas.

El autor del Salmo 68 en la Biblia es encargado por el Espíritu Santo de escribir que Dios, desde su santa morada, no se ha hecho ni ciego ni sordo ante las necesidades de este sector de la población, y que si a un jovencito se le ha muerto su papá, Dios llegará para cubrir ese vacío y sustentar a esa familia.

Y que si a una viuda la quieren engañar y se quieren aprovechar de ella porque no tiene un hombre que la defienda, Dios se erigirá como su defensor y vendrá para ser su soporte físico y emocional, porque Él sabe proteger y suplir al desprovisto.

Hoy en día es muy común encontrar en nuestra sociedad a muchos huérfanos con el papá vivo y a muchas viudas con el marido vivo.

Son aquellos hogares donde un varón,  después que ha exprimido la belleza y juventud de una señorita, la deja tirada como a trapo sucio y con varios hijos.

Y lo hace por irse corriendo detrás de una chica más joven, impulsado por sus hormonas fuera de control.

Olvida que es él quien debe responder por una mujer y unos hijos.

Olvida que él no es un semental, sino un ser humano que nació varón y que sólo se hace hombre cuando asume su rol con los pantalones bien puestos.

¡Qué Dios tenga compasión de aquellos varones que aún se niegan a ser hombres!

¡Y gracias Señor Dios todopoderoso por esos huérfanos y por esas viudas que hoy en día pueden contar contigo!

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En el descanso no te canses.

(Marcos 6:31).

Es usual ver a los compañeros de trabajo regresar el día lunes a sus labores con cara de agotados, adoloridos muscularmente, con la piel bronceada y con los bolsillos vacíos.

El fin de semana, que era para descansar y reponer fuerzas, resultó ser una jornada extenuante.

Jugaron más de la cuenta y les duele hasta el cabello.

Se broncearon más de la cuenta y les arde la piel. Manejaron muchos kilómetros y están estresados.

Durmieron pocas horas y tienen sueño. Gastaron mucho dinero y ahora están escasos de papel moneda.

Y como salieron apurados al paseo la casa quedó patas arriba y les está esperando ropa para lavar y planchar y muchos otros objetos por organizar. ¿Qué tanto descansaron?

Nada, por el contrario, salieron a cansarse más de lo que estaban. ¿La moraleja de este relato es que no se debe pasear?

No, esa no es, porque entonces habría que vivir encerrado en casa y privarse del placer de viajar y gozar en familia.

Lo que debemos aprender es que los tiempos de descanso deben ser para descanso, no para cansarse y volver molido a las actividades normales de la semana.

Los lugares a visitar, las actividades a desarrollar, el dinero a gastar y todo lo que se planee debe responder a una simple pregunta: ¿realmente vamos a descansar y a volver renovados física y mentalmente? Eso es todo.

Así que si vas a hacer un viaje por carretera de ocho horas de ida y ocho horas de regreso para quedar con la lengua afuera, pues mejor no lo hagas.

Pero si el viaje va a ser placentero y relajado todo el camino, pues adelante.

Es tan sagrado el descanso que el mismo Dios lo instituyó en la Biblia en el Antiguo Pacto.

Y en el Nuevo Pacto Jesús se nos ofrece como “El Reposo”, para el cargado y trabajado.

Dios mismo, quien no se cansa, reposó de la obra de la creación al séptimo día sólo para enseñarnos a hacer lo mismo.

Y el descanso es tan necesario que hasta el Señor ordenó al pueblo judío que dejara descansar la tierra, por lo cual la cultivaban seis años y la dejaban reposar al séptimo.

Jesús también tuvo que tomar a sus discípulos y llevárselos aparte, a un lugar desierto, para que descansaran. Aunque tal vez una foto del Mesías con sus discípulos tirados sobre la hierba y rascándose la panza no se vea tan espiritual.

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¿Te atreverías a decirle “hola papi” al presidente?

(Juan 3:16; Romanos 8:14-16, 29).

Uno de los grandes anhelos de todo padre es escuchar que entre los primeros balbuceos de su hijito se le salga un “pa… pa”, y cuando eso ocurre el hombre salta de la emoción, corre a contárselo a su esposa y a todos sus familiares y amigos.

Algo similar acontece en el corazón de Dios, a quien durante 19 siglos en el Antiguo Testamento se le llamó “Adonai”,” El Shaddai”,” Elohim”, pero nunca Papá.

Y gracias a que Jesucristo hizo una obra espectacular al redimir a la humanidad, ahora, para gran dicha del Padre Todopoderoso, puede escuchar de los labios de un ser humano la palabra Papá, es más, ni siquiera Papá, sino Papi, Papito o Papacito.

¿Cómo es la historia? Antes de la obra de redención de Cristo en la cruz del calvario, Dios sólo tenía un hijo, Jesucristo, a quien el apóstol Juan llama en su evangelio “El unigénito”, que significa el único.

Pero después de que Cristo paga por los pecados de un ser humano muriendo en la cruz, le levanta sus pecados, se los carga encima y se los lleva, para declararlo justo, por la fe, entonces el Espíritu Santo viene sobre esa persona a darle el nuevo nacimiento.

Y tras ese nuevo nacimiento, al hacerlo Hijo de Dios, le hace exclamar desde el fondo de su ser: “Abba”, que se traduce al castellano como Papi, Papito o Papacito.

“Abba” es una palabra de origen arameo, el idioma popular que se hablaba en Israel en la época de Jesús.

Dicha palabra se transliteró al griego, es decir, se escribió exactamente igual en el Nuevo Testamento.

Y al pasarse al castellano los traductores han tenido la precaución de dejarla igualita, “Abba”, para que no pierda su connotación.

“Abba” era lo que el bebé le decía a su Papá judío en la época de Jesús, era la dulce palabra que aquel hombre anhelaba escuchar de labios de su criaturita.

Ahora piensa en Papá Dios e imagínate cuántos siglos debió esperar para que por fin tú se la pudieras decir, no repitiéndola como un lorito, pues cualquiera la puede decir, sino como fruto de haber creído en su Hijo Jesucristo y de haber nacido de nuevo por el Espíritu Santo.

¡Ah! Y si antes Jesucristo era el “unigénito” ahora es el “primogénito”, tu hermano mayor, tal y como lo declara la Biblia.

Tal vez al presidente de tu país no le puedas decir “Hola papi”, pero a Dios sí se lo puedes decir, si es que le has entregado tu vida a Cristo.

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Jonás y Jesús

(Jonás 4:1-11).

Jonás significa en hebreo “Paloma” y éste era el nombre de un profeta israelita que en el año 780 antes de Cristo, aproximadamente, tuvo el encargo de parte de Dios de ir a la gran ciudad de Nínive, la capital de Asiria, a anunciarle que Dios la iba a destruir como castigo por todos sus pecados.

Jesús por su parte significa en hebreo “Dios salva” y éste es el nombre del Mesías, Dios hecho carne, el cual también tuvo como encargo de parte de Dios de ir a la nación de  Israel, como profeta, y anunciar al igual que Jonás que era necesario que se arrepintieran de sus pecados, porque el juicio de Dios venía para todos.

Entre Jonás y Jesús hay algunas similitudes y diferencias que vale la pena mirar para sacar conclusiones.

Entre las similitudes están los hechos de que ambos eran israelitas, eran profetas, y estuvieron tres días en una tumba de la que luego salieron.

Jonás fue tragado por un gran pez que lo tuvo en su vientre durante tres días y luego lo vomitó en tierra.

Jesús, estuvo muerto tres días en el sepulcro y luego resucitó en gloria y subió al cielo para sentarse a la diestra de Dios Padre.

Los tres días de Jonás dentro del gran pez fueron una señal para el pueblo judío, dada con 800 años de anticipación, de que el Mesías tendría que morir, pero que al tercer día resucitaría.

Los tres días de Jesús en el sepulcro fueron el cumplimiento de esa señal dada a través de Jonás.

Ahora, veamos las grandes diferencias entre estos dos mensajeros de Dios.

Jonás era un rebelde, Dios le dijo que fuera a Nínive a predicar y él se embarcó para Tarsis, en sentido contrario, y bien lejos del objetivo.

Jesús en cambio no se atrevió a salir de las fronteras de Israel, ya que esa era la orden, y sólo se movía entre Judea, en el sur, y Galilea, en el norte, y llegó a estar en Samaria, en la mitad de ambas provincias, y hasta en Decápolis.

Jonás odiaba a la gente a la que tenía que predicarle.

Jesús amó tanto a sus oyentes que hasta dio su vida por ellos.

Jonás se enojaba contra Dios porque perdonaba a los que se arrepentían, en lugar de castigarlos.

Jesús oraba por sus enemigos y se alegraba inmensamente cuando se arrepentían y recibían perdón.

Jonás era un simple hombre que pretendía enseñarle a Dios cómo hacer las cosas.

Jesús era Dios y aprendió a ser un simple hombre obediente, hasta la muerte, y muerte de cruz.

¿Qué prefieres ser: un Jonás gruñón o un Jesús de amor?

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